jueves, 12 de noviembre de 2009

Prefiero seguir cayéndote bien.

Me atrae mucho el asunto de las “relaciones” por correspondencia.
De niña me conmovían las historias de parejas que se habían conocido por un un anuncio en el periódico, que intercambiaban cartas y fotos en blanco y negro por meses, que se veían las caras finalmente en una estación de trenes o en un puerto y que tienen detrás ahora, veinte años de feliz matrimonio.
Claro que, en mi generación lo que hay es conocerse en match.com, intercambiar mails y posts, adjuntar fotos canciones en los correos electrónicos y verse las caras primero en Skype y después con suerte en un aeropuerto.

Confieso que me encanta. No lo de buscar amigos en Internet, mas bien el hecho de que prefiero darle a un desconocido mi mail que mi número de teléfono, y comenzar entonces un intercambio escrito que me permite dar largas, cuidar las palabras y exponer solo mi mejor sonrisa y mi atuendo favorito y sobre todo, saber que las probabilidades de que la relación funcione son bien pocas.

Todos somos mejores de lejos, pero yo he llegado a disfrutarlo intensamente: a crearme una rutina al respecto, a esperar nerviosamente cada respuesta. Por supuesto siempre me gusta mas la persona que escribe largos mails entre semana que la que nunca saluda, la que olvida cerrar la llave del gas y que le da por hacer muchas tonterías las noches de los viernes.

Siempre me ha gustado, pero por alguna razón, esta vez estoy empezando a odiarlo.

martes, 22 de septiembre de 2009

La última de siete

Rodo me regaló este libro hace cinco cumpleaños y le puso una de esas dedicatorias lindas que solo él sabe escribir. El mismo libro lo había yo elegido para su mamá y quiero creer que me lo devolvió porque le gustó mucho.
Debe pesar casi dos kilos pero aun así lo llevo siempre de viaje porque desde el principio decidí sólo leerlo junto al mar y junto al mar casi lo he terminado.
Lo forré de papel grueso del autoclave, lleva arena dentro a fuerza de dormir en playas como corresponde a un libro de viajes y tiene por todas partes manchas de cerveza, de aceite y de agua salada porque la muerte de un gaviero merece ser llorada junto al mar.

Pero éste es un viaje de trabajo, aunque el mar este tibio y super-azul, aunque me falte bien poco para terminarlo y con todo y sus etnoparties y su allinclusive, es un viaje de trabajo y no puedo permitirme ni un ratito con Maqroll.
Así que volveré al aire acondicionado del salón de reuniones, a sonreírle a un montón de desconocidos y a pensar en el sol que quema afuera, en la arena desierta de otra playa, en un carguero antiguo y a lamentar que como prometí leerlo frente al mar, no podré tampoco terminarlo en el avión.

lunes, 10 de agosto de 2009

Suena mas feo de lo que es

He pasado mas de treinta años vomitando. Cuando era niña era siempre un síntoma temprano, de absolutamente cualquier cosa, desde un dolor de muelas a un pequeño disgusto. Por supuesto ahora son las resacas, el estrés, los desamores y todavía los dolores de muelas.
Suena mas feo de lo que es en verdad, porque tampoco es que me ponga a vomitar en publico a la menor provocación, mas bien tengo días de estar encerrada vomitando, un domingo completo (generalmente después de un muy buen sábado) en el que no puedo beber ni un trago de agua sin echarlo fuera.
Después de todo este tiempo he aprendido a controlarlo, un par de inyecciones de bonadoxina y media hora después una taza de té, pero durante años fue una pesadilla, encerrada en mi casa, sin contestar el teléfono vomitando cada treinta minutos. No es lindo, lo se y esta es una de esas confesiones.
Ahora sé que tengo reflujo biliar, una infección de helicobacter que seguro lleva ahí mas de diez años y una hipersensiblidad al vino tinto. Y que todo eso junto con la terrible costumbre heredada de mi madre de somatizar cualquier estupidez, hace que en malos tiempos pierda hasta cinco kilos en un par de semanas.
Vivo paranoica del cáncer de esófago, del café express, y del próximo deadline. La alternativa son tres meses de tratamiento, cinco antibióticos distintos y otra endoscopia, y después, supongo que me quedare sin excusas y tendré una buena razón para que mi vida se acerque un poco a lo que a estas alturas, ya debería de ser.

domingo, 7 de junio de 2009

Pretextos nomás


No tengo vocación.
Desde siempre me han gustado tantas cosas distintas y por tan poco tiempo que no he podido hacer bien casi nada. Lo peor es que puedo hace masomenos bien un montón de cosas, entonces a veces me creo que hay algo que podría hacer realmente bien.
Por ejemplo, siempre me gustó la ciencia, pero me aburro pronto de un tema en particular. De niña fui geóloga, astrofisica, paleontóloga, botanica y química (ahora que se que significan cada una de ellas, me alegro de no haberme decidido por ninguna) Mi padre que es biólogo y que siempre ha sido bueno para enseñar, dedicó mucho domingos a mis preguntas y por supuesto, yo queria ser como el.
A los dieciséis, tuve que escoger una carrera universitaria y después de meses de indecisión, termine rellenando el cuadrito de “Biología” y tampoco eso fué lo que estudie. A esa edad, lo que en realidad se me antojaba era estudiar letras y por supuesto no tenía idea de lo que eso quería decir. Nunca me arrepentí de no haber estudiado letras pero a veces me arrepentí de no haber sido bióloga aunque la verdadera razón fueran las salidas de campo, los viernes en la facultad de ciencias y por supuesto los biólogos. Siempre me gustó la ciencia y desde los diecisiete años he estado en montones de laboratorios distintos haciendo investigación. Y aunque nunca entendí bien como ocurrió, incluso conseguí convencer a un jurado universitario para que me otorgaran un titulo de doctorado. Durante mas de la mitad de mi vida, he sido aprendiz de endocrinóloga, microbióloga, viróloga e inmunóloga y mientras me dedicaba a cada una estuve convencida de que me encantaban.
El problema es lo mucho que me gusta cuidar de mi jardín, hacer dibujos con recortes de revistas, estudiar álgebra y cocinar. La verdad, ya ni siquiera se si en verdad es que no tengo vocación, si es la crisis de la edad madura o simplemente me gana la pereza. Al menos, hoy domingo, estoy segura que es eso último.

jueves, 23 de abril de 2009

Casi quiero pensar que no lo merezco

Nunca he abierto el periódico en busca de trabajo, ni he ido a una entrevista, ni siquiera hecho una llamada. Tengo tan buena suerte que las cosas buenas me pasan sin que yo las busque.
Necesito bien poco para vivir, las cervezas todavía cuestan veinte pesos, la escuela esta a dos canciones de viaje y mi padre es un hombre generoso expiando sus culpas.
Lo que hago me encanta y trabajo con gusto hasta bien noche y con el mismo gusto me quemo los zapatos bailando cada sábado. Tengo tan buena suerte que al quedarme sin visa, mi jefe sonrió y dijo como mera formalidad, pídeme trabajo.
Y hoy voy a celebrarlo con mi vestido rojo y hasta mañana. Tengo tan buena suerte, que seguro que alguien me invitará los martinis.

jueves, 26 de febrero de 2009

Igual yo lo había sabido siempre.

Leí un artículo donde se prueba que los pensamientos negativos conducen irremediablemente a más pensamientos negativos y que con alta probabilidad eso termina sumiéndolo a uno en una caída sin par de negatividad y horror. Títulos de libros que me impresionaron pero que nunca comparé solo porque estan en la mesa de best sellers: You Can't Afford the Luxury of a Negative Thought.
La tristeza acompaña la tristeza y la alimenta y la sigue y es mas fácil ponerse triste cuanto mas triste esta uno. Y ante pruebas científicas contundentes y frases para poner en calcomanías, pues que le queda a uno más que rendirse y ponerse triste después por haberse rendido.
No hace falta ni siquiera escuchar "Russia Under the Mongolian Yoke" orquestado por Prokoliev. Basta encontrarse un papelito doblado en el fondo de un cajón o pasar por una calle inadecuada a una hora inoportuna. La espiral de desasosiego que se convierte en insomnio, en llamadas a medianoche, en ayuno, en inmovilidad y en llanto. Y yo tan acostumbrada al mismo predecible patrón que me da risa. Y resulta estupido que con la risa pequeña, se quite también un poco la tristeza