jueves, 12 de noviembre de 2009

Prefiero seguir cayéndote bien.

Me atrae mucho el asunto de las “relaciones” por correspondencia.
De niña me conmovían las historias de parejas que se habían conocido por un un anuncio en el periódico, que intercambiaban cartas y fotos en blanco y negro por meses, que se veían las caras finalmente en una estación de trenes o en un puerto y que tienen detrás ahora, veinte años de feliz matrimonio.
Claro que, en mi generación lo que hay es conocerse en match.com, intercambiar mails y posts, adjuntar fotos canciones en los correos electrónicos y verse las caras primero en Skype y después con suerte en un aeropuerto.

Confieso que me encanta. No lo de buscar amigos en Internet, mas bien el hecho de que prefiero darle a un desconocido mi mail que mi número de teléfono, y comenzar entonces un intercambio escrito que me permite dar largas, cuidar las palabras y exponer solo mi mejor sonrisa y mi atuendo favorito y sobre todo, saber que las probabilidades de que la relación funcione son bien pocas.

Todos somos mejores de lejos, pero yo he llegado a disfrutarlo intensamente: a crearme una rutina al respecto, a esperar nerviosamente cada respuesta. Por supuesto siempre me gusta mas la persona que escribe largos mails entre semana que la que nunca saluda, la que olvida cerrar la llave del gas y que le da por hacer muchas tonterías las noches de los viernes.

Siempre me ha gustado, pero por alguna razón, esta vez estoy empezando a odiarlo.