Me voy de nuevo, la tarde adolesce y el momento llega de empacar los días pasados.
Y cada vez que me despido de un lugar o un contrincante, queda un pedacito tuyo haciendo un guiño en el tejado, lamiendo la arena.
Pienso entonces en la vida que me regalaste marchándote lejos. Las pirámides, la fiebre, las remodelaciones. En los muchos años que pasé mirándote dormir y en el siglo que ha venido tras de ti.
Desde entonces, un puñado de guindas secas, una caja de metal que no he podido abrir de nuevo, y mi nombre escrito en el cemento, me miran miopes cada mañana.
Aprendí a bostezar y pinté una pared, porque las otras se pintaron solas. Y cada día despertaba más triste y menos rota.
El día quince volveré a la escuela, ésta noche a la espuma y el miércoles al parque tratando de pensar en cualquier otra cosa.
Y se queda dibujada en la pared, debajo de las fotos, una esquina de tu boca.