sábado, 21 de febrero de 2015

Anuncios junto al metro

Me voy de nuevo, la tarde adolesce y el momento llega de empacar los días pasados.

Y cada vez que me despido de un lugar o un contrincante, queda un pedacito tuyo haciendo un guiño en el tejado, lamiendo la arena.

Pienso entonces en la vida que me regalaste marchándote lejos. Las pirámides, la fiebre, las remodelaciones. En los muchos años que pasé mirándote dormir y en el siglo que ha venido tras de ti.

Desde entonces, un puñado de guindas secas, una caja de metal que no he podido abrir de nuevo, y mi nombre escrito en el cemento, me miran miopes cada mañana.


Moví hacia la izquierda la escalera para que nuestra cama fuera distinta, para que poco a poco volviera a ser mi cama. Y en mi cama durmió el mar muchas veces desde entonces, y del techo caían pequeños pedazos de tierra y de coraje.

Aprendí a bostezar y pinté una pared, porque las otras se pintaron solas. Y cada día despertaba más triste y menos rota.


Caminé muchas veces de noche por el parque, para no encontrarte sentado en aquella tu banca, con un libro en las manos. Volví al mar cada verano, a la hipérbola absurda cada viernes, visité un puerto frío con casitas de colores, la playa caliente del amor. Y siempre, siempre al empacar y al decir mañana; al despedirme con un beso en la puerta de mi casa, se iba siempre un pedacito tuyo, quedaba siempre un pedacito tuyo.

El día quince volveré a la escuela, ésta noche a la espuma y el miércoles al parque tratando de pensar en cualquier otra cosa.

Y se queda dibujada en la pared, debajo de las fotos, una esquina de tu boca.