martes, 9 de marzo de 2010

Sin andenes


Nunca viajé en tren cuando pude hacerlo, es decir, antes de que en mi país los privatizaran; cuando eran incómodos, venerables y lentísimos. Mi casa al norte de la ciudad, estaba muy cerca de la estación y los escuchaba siempre imaginando destinos y dejando para el día siguiente el viaje que nunca llegó. Cuando finalmente lo intenté, la estación enorme y desierta, el anden larguísimo y la culpa por haberme escapado de la escuela me dijeron lo mucho que había tardado en decidirme. Nos sentamos mirando por la ventana a esperar que el tren saliera, dos horas esperamos y el tren nunca salió, un mes después cerraron la estación al público. 
 
Mi amiga verdadera me contaba que un tren los despertaba a ella y a su marido al amanecer y que cada día escuchándolo hacían el amor. Como homenaje, él le regalaba a ella pequeños trenes en las fechas importantes: uno de oro cuando nació su hijo, uno de cristal cuando quiso retenerla. Y a mi me gustaba esa historia y me ponía triste como a ella.
Hubo otro tren que pasaba a veinte metros de mi patio y que me hacia correr a diario a la calle solo para sentir el suelo temblar y decirle adiós con la manos. Luego durante un tiempo me dió por tomar fotos de vías y de trenes que siempre me han parecido animales hermosísimos; antiguos y herrumbosos que tardaban cuatro días en llegar a su destino.
Mi primer tren fuè en cambio flamante, caro con aire acondicionado y vino y aunque me llevó a La Alhambra  no me quitó las ganas de subirme a un tren de verdad, uno con vagones de tercera, duela muy gastada y cubierto de grafitis. Como el tren del amor de mi amiga o como los que ya nunca pasarán cerca de mi azotea.