martes, 2 de febrero de 2016

Desde tu motocicleta

Ultimamente me dices todo el rato, con obstinación y sin malicia que me amas. Y yo nunca se que hacer con esas cinco letras que no termino de entender, mucho menos termino de creer y creerte.
Se que esas cosas que yo no digo nunca, parecen hoy tan simples que casi he olvidado la feroz alegría y el desmparo negro que antes me provocaban.
Yo no se bien que pensar, porque si bien es lindo leerlo y escucharlo, carecen de sentido, de sustancia y de olor cuando vienen de ti, cuando llega en el aire de un mensaje instantaneo.
Y claro que me gusta, solo que no lo entiendo, y (es culpa tuya también) no me lo creo ni un poco.

sábado, 21 de febrero de 2015

Anuncios junto al metro

Me voy de nuevo, la tarde adolesce y el momento llega de empacar los días pasados.

Y cada vez que me despido de un lugar o un contrincante, queda un pedacito tuyo haciendo un guiño en el tejado, lamiendo la arena.

Pienso entonces en la vida que me regalaste marchándote lejos. Las pirámides, la fiebre, las remodelaciones. En los muchos años que pasé mirándote dormir y en el siglo que ha venido tras de ti.

Desde entonces, un puñado de guindas secas, una caja de metal que no he podido abrir de nuevo, y mi nombre escrito en el cemento, me miran miopes cada mañana.


Moví hacia la izquierda la escalera para que nuestra cama fuera distinta, para que poco a poco volviera a ser mi cama. Y en mi cama durmió el mar muchas veces desde entonces, y del techo caían pequeños pedazos de tierra y de coraje.

Aprendí a bostezar y pinté una pared, porque las otras se pintaron solas. Y cada día despertaba más triste y menos rota.


Caminé muchas veces de noche por el parque, para no encontrarte sentado en aquella tu banca, con un libro en las manos. Volví al mar cada verano, a la hipérbola absurda cada viernes, visité un puerto frío con casitas de colores, la playa caliente del amor. Y siempre, siempre al empacar y al decir mañana; al despedirme con un beso en la puerta de mi casa, se iba siempre un pedacito tuyo, quedaba siempre un pedacito tuyo.

El día quince volveré a la escuela, ésta noche a la espuma y el miércoles al parque tratando de pensar en cualquier otra cosa.

Y se queda dibujada en la pared, debajo de las fotos, una esquina de tu boca.


sábado, 8 de junio de 2013

También hay un deseo que aún pido siempre


El irresponsable me llamaba casi siempre antes de las ocho de la mañana y casi siempre me despertaba. Yo con el teléfono en la mano, me estiraba escuchándolo, preparaba dos litros de té verde, regresaba a la cama y lo escuchaba otro rato. Generalmente él iba manejando de regreso a su casa y yo después de desperezarme, salia al jardín taza en mano, me sentaba en la hamaca, me reía muchísimo y me mecía bajo la bugambilia. Otras veces el irresponsable me llamaba a las doce de la noche para avisarme que pasaría por mi en veinte minutos y yo por supuesto tardaba diecinueve en ponerme azul en los ojos y medias caladas o brillitos y siempre tacones. Y después cualquier cosa podía pasar, además de la botella de Casa Madero, de atravesar la ciudad tres veces y de sonrientes desconocidos siguiendo mis pasos, cualquier cosa, cualquier lugar, cualquier exceso. Horas de brillantina y de trenes en las que nada importaba, en que allanábamos monumentos históricos y casas desocupadas y me aprendía en diez minutos canciones que nunca había escuchado. O prendíamos un fuego enorme junto al limón y cocinábamos y a veces hasta me daba por llorar.

El irresponsable volvía los martes en autobús a su madriguera de tres camas y yo por fín dormía un poco, hasta que me despertaban de nuevo el teléfono y la risa. Y aunque él mentía sin intención y sin reparo, yo podía decirle casi todas las verdades y creerme mis contratos al pie de la letra o lo que es lo mismo, sentirme responsable y honesta para variar un poco.

El irresponsable en cambio no reparaba en gastos ni en insomnio y yo apretaba los dientes y hacía una lista larga de adjetivos horribles para nombrarlo mientras me mecía en la hamaca entre carcajadas poniendo todo el empeño que me quedaba en no creerle una palabra.


martes, 9 de octubre de 2012

De algo servirá

Durante toda mi vida no pude respirar. 
Apenas me entraba el aire, con trabajo y como indignado. Por supuesto, el dolor de cabeza y el mal humor, eran a veces insoportables. Me acostumbre tanto a la migraña, que ya no parecía mas que un síntoma más de mi neurosis.
Durante los últimos cinco años no había podido beberme una botela entera de agua mineral, masticar corcholatas,  ni comer elotes.
Ahora lo hago todo al mismo tiempo y sólo por que puedo. Respiro chiflo, beso y me parece estúpido que me dé tanto, tantísimo gusto. Seguro que alguna secuela debe ocasionar el pasarse treinta años sin oxígeno suficiente, sin renovar la sangre, de por si desvelada.
Y junto con la inmensa alegría, me inunda el antojo de agua de mar, el olor a cigarro y el sabor a manzana envejecida.

lunes, 11 de julio de 2011

como a una cuadra de Trafalgar Square


Como era tu cumpleaños, me acorde de ti buen parte del día.
Y para asegurarme revisé varias veces mi cuaderno de viajes hasta que encontré un boleto del metro de Madrid y no tuve duda: pasaron ya diez años.
Yo que no llevo la cuenta de las cosas importantes y que olvido no solo las fechas, sino hasta las agendas donde las he apuntado, me acordaba exactamente de este día. Guardaba como prueba un pase de abordar, una rama de eneldo, un montón de postales de aquel viaje, que fue tremendo de tan hermoso, de tan solitario y que estuvo tantísimo tiempo contaminado por rencores y berrinches. Me acuerdo que muchos de aquellos papeles acabaron en un sobre amarillo con una advertencia sobre su contenido para que no fuera abierto nunca, nunca. Y me acuerdo de los días siguientes, de los meses siguientes, de los años, y me queda claro que no me he caído tan mal como entonces. Recuerdo la noche de mi vuelta en el aeropuerto, lluviosa y desconcertante y mi montaña de ropa nueva sobre la cama y un viaje improvisado por carretera a una playa con tortugas que ayudó bien poco.  Y ya casi que no importa pero me acuerdo del peor año de mi vida cuando pienso en aquel viaje y apenas hace bien poco pienso en él y sonrío y me gusta y lo entiendo.

Un remolino de casualidades, una cadena de decisiones insensatas y un montón de cosas que pasaron lejos de mi, osea la vida; me regresaron al mismo lugar justo diez años después. Y yo que soy ahora dos o tres personas distintas, me acuerdo de aquella otra vida y agradezco esta semana feliz, aquel montón de papeles en un sobre amarillo y tomo las mismas fotos en las que salgo sonriendo de verdad, como entonces.

martes, 7 de septiembre de 2010

¿Y entonces?


Me ha pedido que me case con él.
Yo sospecho que fue un truco para hacerme regresar, y aunque siempre me he tomado esas cosas a la ligera, esta vez me parece que no me va a ser fácil, porque nada ha sido fácil desde que decidí meterme al mar con mi vestido de flores mientras el me perseguía para salvarme.
Me ha pedido que deje mi casa de madera, las luces del día siguiente, las pequeñas certezas que me mantienen con vida, las lentejuelas y a todos aquellos. 
Ha confesado que no ha traído un anillo porque estaba seguro, segurísimo que yo diría  “no”, pero que si digo “si” puedo escogerlo yo misma, como si eso de verdad me preocupara.
Afuera, el lago Trihonida se confunde con un cielo de plomo, hace frío y hay silencio, adentro la gente bebe vino en espera de la hora del bradinó  y yo miro mi vaso muerta de miedo en espera del fin del mundo.
Me ha pedido que le mire a los ojos,  y yo que estoy loca por él, no tendré mas remedio que decir que si.

lunes, 19 de julio de 2010

El numero treinta

Llevo veinte años limpiando ésta casa, así la encontré de sucia.
Empecé por poner vidrios en las ventanas, traer  un gato y quitar el calentador de leña que se usaba para quemar la basura. Y con una maleta me instalé en una habitación del tamaño de un closet que tenía las paredes cubiertas de calcomanías  y panfletos pegados con resistol. Luego tendimos un cable, para tener luz en el piso de arriba que se iluminó por primera vez en noventitres años con música y focos ahorradores, así la encontré de sombría. Fui sacando a pedazos muebles, paredes y oscuridades para hacer lentamente espacio para mí y para mis abrigos.  Varios camiones de mudanza, cientos de viajes al basurero y hubo sitio para caminar de una habitación a otra, así la encontré de abarrotada.  Al final cupieron todos, al final cupe yo en la casa victroiana, remendada e impasible.
La pintamos poco a poco de blanco y de verde, costuré cortinas de manta, puse cuadros en los muros, costumbres nuevas y lámparas y tiré uno a uno los recuerdos de familia, la estufa oxidada, los malos olores y las excusas de mi padre para su inmovilidad, así la encontré de defendida. En la cocina quedaron los azulejos que olvidó un inquilino desatento, un techado de acrílico en el patio, nuevo tendido eléctrico,  dos tapancos de más y un tapanco de menos. Y para no hacerla enojar demasiado, dejé donde estaban los mil quinientos  libros que nadie se atreve a leer ni a tirar a la basura, así la encontré de intacta.
Por fuera la casa siguió como siempre,  con los muros ocres carcomidos y papel periódico en las ventanas para pasar desapercibida al tiempo y a los curiosos. Digamos que así la encontré de exactamente igual a como se ve ahora. Quisiera creer que la mano de pintura no la ha hecho olvidar los chismes de familia ò los secretos, las pelucas de mi abuela, la última noche de mi abuelo, las colecciones irremplazables de revistas en blanco y negro, la historia de quienes hemos sido.