jueves, 18 de diciembre de 2008

Sera de mala suerte

No soy persona de mascotas. Dejan pelos en los sillones, huelen mal y reclaman todo el tiempo un palabra amable. No tengo palabras amables ni para mis compañeros de oficina, ni para decírselas con sarcasmo al espejo en las mañanas.
A veces quisiera sin embargo, tener un gato. Que acabe con los ratones y que tal vez cuando este viejo, las ratas acaben con el. He tenido muchos gatos y les da por vivir más que yo. Tuve uno que compartía nombre de un alguien endosado a mi vida por completo y por supuesto nunca se cayeron bien el uno al otro. Tuve una gata que nació entre instrumentos de tortura y parió después un hijo con algo parecido al síndrome de down. Le abandone en un jardín enorme y luego cuando me invadió la culpa, había desparecido.
Quisiera tener un gato de tres colores (claro, que entonces seria una gata) Que desapareciera por temporadas cuando me hartara de el, así como cada quince días deseo que desaparezca todo lo que poseo. Que desaparezca cuando la vecina venga a regañarme porque lo peor que puedo hacer en el mundo es tener un gato. Que sea callado y tonto y que no coma nunca y que no me recuerde que en un par de semanas voy a quererlo muerto.

Dos semanas: es el máximo tiempo que puedo hacerme cargo de un gato, de un empleo, de un amigo, de un refrigerador, de mi vida.