El
irresponsable me llamaba casi siempre antes de las ocho de la mañana
y casi siempre me despertaba. Yo con el teléfono en la mano, me
estiraba escuchándolo, preparaba dos litros de té verde, regresaba
a la cama y lo escuchaba otro rato. Generalmente él iba manejando de regreso a su casa y yo después de desperezarme, salia al jardín
taza en mano, me sentaba en la hamaca, me reía muchísimo y me mecía
bajo la bugambilia. Otras veces el irresponsable me llamaba a las
doce de la noche para avisarme que pasaría por mi en veinte minutos
y yo por supuesto tardaba diecinueve en ponerme azul en los ojos y medias
caladas o brillitos y siempre tacones. Y después cualquier cosa
podía pasar, además de la botella de Casa Madero, de atravesar la
ciudad tres veces y de sonrientes desconocidos siguiendo mis pasos,
cualquier cosa, cualquier lugar, cualquier exceso. Horas de
brillantina y de trenes en las que nada importaba, en que allanábamos
monumentos históricos y casas desocupadas y me aprendía en diez
minutos canciones que nunca había escuchado. O prendíamos un fuego
enorme junto al limón y cocinábamos y a veces hasta me daba por
llorar.
El
irresponsable volvía los martes en autobús a su madriguera de tres
camas y yo por fín dormía un poco, hasta que me despertaban de nuevo
el teléfono y la risa. Y aunque él mentía sin intención y sin
reparo, yo podía decirle casi todas las verdades y creerme mis
contratos al pie de la letra o lo que es lo mismo, sentirme
responsable y honesta para variar un poco.
El
irresponsable en cambio no reparaba en gastos ni en insomnio y yo
apretaba los dientes y hacía una lista larga de adjetivos horribles
para nombrarlo mientras me mecía en la hamaca entre carcajadas
poniendo todo el empeño que me quedaba en no creerle una palabra.