sábado, 8 de junio de 2013

También hay un deseo que aún pido siempre


El irresponsable me llamaba casi siempre antes de las ocho de la mañana y casi siempre me despertaba. Yo con el teléfono en la mano, me estiraba escuchándolo, preparaba dos litros de té verde, regresaba a la cama y lo escuchaba otro rato. Generalmente él iba manejando de regreso a su casa y yo después de desperezarme, salia al jardín taza en mano, me sentaba en la hamaca, me reía muchísimo y me mecía bajo la bugambilia. Otras veces el irresponsable me llamaba a las doce de la noche para avisarme que pasaría por mi en veinte minutos y yo por supuesto tardaba diecinueve en ponerme azul en los ojos y medias caladas o brillitos y siempre tacones. Y después cualquier cosa podía pasar, además de la botella de Casa Madero, de atravesar la ciudad tres veces y de sonrientes desconocidos siguiendo mis pasos, cualquier cosa, cualquier lugar, cualquier exceso. Horas de brillantina y de trenes en las que nada importaba, en que allanábamos monumentos históricos y casas desocupadas y me aprendía en diez minutos canciones que nunca había escuchado. O prendíamos un fuego enorme junto al limón y cocinábamos y a veces hasta me daba por llorar.

El irresponsable volvía los martes en autobús a su madriguera de tres camas y yo por fín dormía un poco, hasta que me despertaban de nuevo el teléfono y la risa. Y aunque él mentía sin intención y sin reparo, yo podía decirle casi todas las verdades y creerme mis contratos al pie de la letra o lo que es lo mismo, sentirme responsable y honesta para variar un poco.

El irresponsable en cambio no reparaba en gastos ni en insomnio y yo apretaba los dientes y hacía una lista larga de adjetivos horribles para nombrarlo mientras me mecía en la hamaca entre carcajadas poniendo todo el empeño que me quedaba en no creerle una palabra.