domingo, 2 de mayo de 2010

A su debido tiempo

Cuanto me tomará cerrar la casa para no volver, anunciar buenas nueva que no tengo intenciones de cumplir y terminar de una vez tantísimo trabajo acumulado. 
Meter en cuatro cajas cincuenta años de vida, veinte años de cuadernos, diez años de zapatos. Como tomar los seis extremos del jardín, para doblarlo, hasta dejarlo convertido en un compacto de yuyo y de naranjas que me quepa en la mochila y pueda desdoblarlo luego allá bajo un sol chiquito. Yo solo quiero prender la chimenea y la luna y  tomarme en el porche la última cerveza ó  mecerme en la hamaca, preparar huevos con tocino y té verde en la mañana, las pequeñas rutinas y las alegrías enormes que abandono.
No se me ocurre como empacar la noche de Marrakesh del siguiente sábado, los fuegos artificiales del bicentenario desde el balcón de Las chiquitas, los martinis de colores, la proxima bonita fiesta ó la comida con el Dino y con La Jefa el ultimo viernes de éste mes. La cosas pendientes, se quedarán pendientes.
No pueden acompañarme tampoco los objetos, ni mi cama en su caja de zapatos,  los libros de Tomás Segovia, mi oveja-silbato, mis tacones rojos, ni la diamantina.
Puedo por ahora hacer lo que hago mejor, con los mismos excesos y la misma rabia, reír a carcajadas, quemarme los ojos y vivir con la prisa y la imprudencia de siempre.
El tiempo que me quede, no voy a malgastarlo en despedirme.