Siempre me he enfermado de la garganta. Tengo unas amígdalas enormes de esas que todos los médicos quieren extirpar cuando uno es pequeño. Afortunadamente en mi casa nunca lo permitieron y ahora se me llenan de puntos blancos al menos cuatro veces al año. Tengo artritis reumatoide, como secuela obligada de interminables infecciones de la garganta. Fui sometida a inyecciones torturantes de aceitosa penicilina a edad temprana y no hubo manera de sacarme de encima al estafilococo beta hemolítico que me pesa aún, algunas noches muy frías.
Un casi-amigo me contagio hace diez días una infección viral que termino convirtiéndose en la infección bacteriana de siempre. Casi-la-de-siempre. Excepto porque tuve fiebre cinco días, tos seca y pavorosa y termine quedándome sin habla al cabo de casi-una-semana. Lo malo en realidad fue que mi cumpleaños tuvo la mala idea de presentarse justo a la mitad de la enfermedad y por supuesto celebré quedándome a dormir fuera de casa. No pude responder las correspondientes llamadas de felicitación, básicamente porque no podía hablar. Todos me preguntaban - ¿Seguro que habrá fiesta el sábado? - ¡Seguro! - contestaba yo apenas audiblemente.
Descolgué el teléfono apague el móvil y me metí a la cama veinticuatro horas a tomar te de ajo y aspirinas. Apenas para el sábado me repuse, pero debe haberse corrido un poco la voz porque la asistencia no fue la multitudinaria de otros años. Igual no terminé de agradecerles a los que si fueron, a pesar de que sonaba imposible y a los que como siempre bailaron la noche entera. Al otro día volvió a importarme un pepino la infección, al cabo tengo un año completo para curarme
Un casi-amigo me contagio hace diez días una infección viral que termino convirtiéndose en la infección bacteriana de siempre. Casi-la-de-siempre. Excepto porque tuve fiebre cinco días, tos seca y pavorosa y termine quedándome sin habla al cabo de casi-una-semana. Lo malo en realidad fue que mi cumpleaños tuvo la mala idea de presentarse justo a la mitad de la enfermedad y por supuesto celebré quedándome a dormir fuera de casa. No pude responder las correspondientes llamadas de felicitación, básicamente porque no podía hablar. Todos me preguntaban - ¿Seguro que habrá fiesta el sábado? - ¡Seguro! - contestaba yo apenas audiblemente.
Descolgué el teléfono apague el móvil y me metí a la cama veinticuatro horas a tomar te de ajo y aspirinas. Apenas para el sábado me repuse, pero debe haberse corrido un poco la voz porque la asistencia no fue la multitudinaria de otros años. Igual no terminé de agradecerles a los que si fueron, a pesar de que sonaba imposible y a los que como siempre bailaron la noche entera. Al otro día volvió a importarme un pepino la infección, al cabo tengo un año completo para curarme