Como
era tu cumpleaños, me acorde de ti buen parte del día.
Y
para asegurarme revisé varias veces mi cuaderno de viajes hasta que
encontré un boleto del metro de Madrid y no tuve duda: pasaron ya
diez años.
Yo
que no llevo la cuenta de las cosas importantes y que olvido no solo
las fechas, sino hasta las agendas donde las he apuntado, me acordaba
exactamente de este día. Guardaba como prueba un pase de abordar,
una rama de eneldo, un montón de postales de aquel viaje, que fue
tremendo de tan hermoso, de tan solitario y que estuvo tantísimo
tiempo contaminado por rencores y berrinches. Me acuerdo que muchos
de aquellos papeles acabaron en un sobre amarillo con una advertencia
sobre su contenido para que no fuera abierto nunca, nunca. Y me
acuerdo de los días siguientes, de los meses siguientes, de los
años, y me queda claro que no me he caído tan mal como entonces.
Recuerdo la noche de mi vuelta en el aeropuerto, lluviosa y
desconcertante y mi montaña de ropa nueva sobre la cama y un viaje
improvisado por carretera a una playa con tortugas que ayudó bien
poco. Y ya casi que no importa pero me acuerdo del peor año de mi vida
cuando pienso en aquel viaje y apenas hace bien poco pienso en él y
sonrío y me gusta y lo entiendo.
Un
remolino de casualidades, una cadena de decisiones insensatas y un montón
de cosas que pasaron lejos de mi, osea la vida; me regresaron al
mismo lugar justo diez años después. Y yo que soy ahora dos o tres
personas distintas, me acuerdo de aquella otra vida y agradezco esta
semana feliz, aquel montón de papeles en un sobre amarillo y tomo
las mismas fotos en las que salgo sonriendo de verdad, como entonces.
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