martes, 22 de septiembre de 2009

La última de siete

Rodo me regaló este libro hace cinco cumpleaños y le puso una de esas dedicatorias lindas que solo él sabe escribir. El mismo libro lo había yo elegido para su mamá y quiero creer que me lo devolvió porque le gustó mucho.
Debe pesar casi dos kilos pero aun así lo llevo siempre de viaje porque desde el principio decidí sólo leerlo junto al mar y junto al mar casi lo he terminado.
Lo forré de papel grueso del autoclave, lleva arena dentro a fuerza de dormir en playas como corresponde a un libro de viajes y tiene por todas partes manchas de cerveza, de aceite y de agua salada porque la muerte de un gaviero merece ser llorada junto al mar.

Pero éste es un viaje de trabajo, aunque el mar este tibio y super-azul, aunque me falte bien poco para terminarlo y con todo y sus etnoparties y su allinclusive, es un viaje de trabajo y no puedo permitirme ni un ratito con Maqroll.
Así que volveré al aire acondicionado del salón de reuniones, a sonreírle a un montón de desconocidos y a pensar en el sol que quema afuera, en la arena desierta de otra playa, en un carguero antiguo y a lamentar que como prometí leerlo frente al mar, no podré tampoco terminarlo en el avión.

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